10 de diciembre de 2009

Reviews

Por Fernando Suarez.


-Hum “You’d prefer an astronaut” (1995)
Que el mundo del Rock está repleto de aburridos lugares comunes no es ninguna novedad. Particularmente, uno de los que me resulta más molsto es aquel que dicta que la única forma de generar visiones espaciales y/o psicodélicas es a través de soporíferas zapadas cargadas de narcótica languidez y con las guitarras cayendo en el truco barato de enterrar su falta de ideas bajo capas y capas de distorsión y delay. Por supuesto, hay músicos capaces de lograr resultados interesantes aún dentro de dicha premisa pero resulta sumamente refrescante que un grupo pueda elevarse hacia inconmensurables alturas cósmicas sin necesidad de limitarse a repetir el mismo cliché setentoso de siempre. Bien anclados en los noventas, Hum profesaban una inmensa pasión por las atmósferas siderales y los viajes extrasensoriales pero nunca perdían de vista las canciones. Ya desde la inicial “Little dipper” quedan claras algunas pautas Un groove sólido y ondulante al mismo tiempo, melodías vocales que nos transportan a lejanas galaxias al tiempo que nos confrontan con emociones terrenales, una gruesa muralla de guitarras dibujando texturas, riffs y armonías como un caleidoscopio en llamas y un clima general que resulta tan embotador como emotivo. Se podría decir que la sección rítmica sigue las pautas de lo que se conoce como Grunge, riffs embarrados y manejo de dinámicas zigzagueantes incluidos. En lo que hace al trabajo de de voz y guitarras la cosa se pone un poco más difícil de encasillar. El nervio rockero y sucio del Grunge sigue presente, pero a él se suman la intelectualidad del Post-Hardcore más refinado, una sensibilidad melódica de clara extracción Pop, las espesas orquestaciones distorsionadas del Shoegaze y unas claras intenciones lisérgicas de despegar hacia el infinito y más allá. Lo interesante es que este viaje no sólo estimula la imaginación, si no también el intelecto (les puedo asegurar que aquí hay mucho para que mastiquen los nerds musicales) y, principalmente, el corazón, a través de una labor melódica (tanto en las voces como en las guitarras) sencillamente excepcional. De hecho, en más de una ocasión, lo expuesto en este tercer disco del cuarteto se anticipó por unos cuantos años a lo que luego mostrarían bandas como Deftones y Cave In en “White pony” y “Jupiter” respectivamente, aunque sin el toque metálico. Entonces, tenemos ruido (hasta se puede encontrar un solo de acoples), melodía, inteligencia, energía, vuelo espacial, emoción, espíritu noventoso y grandes canciones, ¿qué más le pueden pedir a la vida?


-Ultraviolence “Psycho drama” (1995)
El tipo se hace llamar Johnny Violent y, como para no dejar lugar a dudas, bautizó a su principal proyecto solista como Ultraviolence. “Psycho drama” es su segundo álbum bajo dicho apelativo (precedido por el abrasivo “Life of destructor” y unos cuantos singles) y se trata de una obra conceptual dividida en tres partes. La primera relata la historia de Jessica, una bella muchacha que va pasando de bebé indeseado a niña abusada por su propio padre (ante la indiferencia junkie de su madre), a adolescente prostituta y drogadicta y, finalmente, a celebridad bajo la tutela de un proxeneta devenido en manager, que explota tanto su talento musical (Jessica cuenta con un voz perfecta) como su look y su sórdida historia de vida para transformarla en una estrella Pop. La segunda parte presenta a Hitman. Hijo de un genio militar y una supermodelo (ambos con una clara inclinación por ideas nazis con respecto a la perfección), el muchacho muestra una extrema frialdad y un absoluto desprecio por la raza humana ya desde niño. Luego de años de estricto adiestramiento militar y costosa educación formal, Hitman comienza con éxito su carrera como asesino a sueldo, dejando a su paso un reguero de cadáveres que, eventualmente, lo conducen a un inescrupuloso manager que lo contrata para ocuparse de su representada, una hermosa joven de angelical voz llamada Jessica. En este punto, las historias de ambos personajes principales convergen. Jessica ve a Hitman entre el público, apuntando un arma a su cabeza. Hitman, todavía sosteniendo su revólver, mira a Jessica a los ojos y en ellos descubre un alma tan quebrada y vapuleada como la suya. Inevitable e inmediatamente el amor surge entre ellos y, tras asesinar al manager de Jessica, deciden huir juntos. Aquí llegamos a la tercera parte de la historia y la cosa se pone realmente delirante. La reciente pareja, habiendo hallado un amor que creían les sería negado por siempre, se embarca en un pacto suicida que eternice dicho amor. Una vez consumado este acto, Jessica y Hitman se topan con Dios (sí, así como lo leen) quien, obviamente, les niega la entrada al cielo y los condena a una eternidad de sufrimiento en el infierno. Absolutamente determinados, los amantes no renuncian a sus sentimientos aún en medio del peor tormento metafísico y, finalmente, Dios comprende que un amor tan fuerte, capaz de desafiar al averno mismo, merece su lugar en el paraíso. La última escena nos muestra a la pareja sumida en la paz perfecta e idílica que no pudieron hallar en vida. Ahora bien, con semejante culebrón es de esperar que el marco musical sea igual de dramático y pomposo. Efectivamente, lo es, pero no esperen Rock Progresivo o algo por el estilo. Teclados bombásticos, afiebrados beats programados, épicas orquestaciones, voces teatrales recitando los parlamentos de los personajes, ocasionales riffs distorsionados, melodías entre poperas y sinfónicas y una espesa muralla de samples y arreglos electrónicos se ponen al servicio del relato y logran trasladarlo al terreno musical con una exactitud y una profundidad cinematográfica sencillamente apabullantes. Ojo, tampoco se trata de Música Industrial, aunque algunos de los elementos más corrosivos se acerquen a dicho género. Podría decirse que así sonaría Atari Teenage Riot si su líder fuera Andrew Lloyd Weber (o Pepito Cibrián) en vez de Alec Empire. Por supuesto, se trata de un material parado en una cuerda floja entre la magnificencia y el ridículo absolutos. Ya desde el planteo mismo del concepto, no queda del todo claro hasta qué punto Juancito Violento no nos está tomando el pelo. Es como si el tipo buscara conscientemente todo tipo de elementos (musicales, líricos y estéticos) que, comúnmente, se consideran grasas o poco cool (la comedía musical, el melodrama romántico, la Electrónica más bailable y brutal, el Rock más pretencioso) y los forzara a través del filtro descarado, pendenciero y retorcido de su propia visión artística. Más allá de toda elucubración, lo cierto es que el resultado final es absolutamente original e innovador (vamos, una telenovela en clave de Electrónica violenta y oscura, ¿cuándo escucharon algo así?) y entregado con una cuidadísima atención al detalle. Hasta el hecho de que el disco haya sido editado por Earache (el sello que agrupó los primeros trabajos de bandas como Napalm Death, Carcass, Morbid Angel, Terrorizer o Entombed, entre tantas otras) no hace más que agregarle unos cuantos puntos más de curiosidad. “Psycho drama” es de esos discos que pueden generar cualquier cosa (risa, admiración, desdén, incredulidad, odio) menos indiferencia. Y eso ya debería ser motivo suficiente para darle una oportunidad.


-Cubanate “Interference” (1998)
A fines de la década pasada la promesa de popularidad (iniciada por grupos como Ministry, Nine Inch Nails y Marilyn Manson) del Rock Industrial parecía desvanecerse frente al advenimiento de una nueva generación de músicos electrónicos copando la parada del Rock hecho con maquinitas. Desde las propuestas más accesibles (The Prodigy, The Chemical Brothers) hasta las más extremas (Atari Teenage Riot) y experimentales (Aphex Twin), los sonidos Industriales se vieron desplazados en los reflectores por nuevas concepciones rítmicas, sonoras y estéticas. En ese contexto, no faltaron las bandas de pasado Industrial que se adaptaron, de una forma u otra, a estas novedades. Ahí tuvimos a veteranos como KMFDM o Pitch Shifter trocando su agresión casi marcial por flirteos con el Breakbeat y el Drum N’ Bass sin por ello resignar su tradicional energía. Cubanate había logrado causar cierto revuelo en la escena Industrial de mediados de los noventas con tres discos (“Antimatter” de 1993, “Cyberia” de 1995 y “Barbarossa” de 1996) donde exponían una potente cruza entre la violencia de Ministry, los duros ritmos bailables y mecanizados de My Life With The Thrill Kill Kult y la sobrecarga sensorial de Skinny Puppy. “Interference” los encuentra buscando nuevos horizontes sin salirse demasiado de los márgenes impuestos por sus propios gustos musicales. Lo que primero salta a la vista (o al oído, mejor dicho) es el empleo en casi todas las canciones de beats enrolados en el más frenético Drum N’ Bass, lo cual, en combinación con las voces distorsionadas y los riffs entrecortados que arrastraban de su pasado, da un resultado más que interesante. Efectivamente, los británicos no pierden sus cualidades, siguen sonando enfermizos, retorcidos, rabiosos y narcotizados pero ahora dichas cualidades están presentes de una forma mucho más madura y personal. Hasta las letras se adentran en terrenos de intimidad emocional que hubieran resultado impensables en sus entregas previas. Lo mejor de todo es que Cubanate logró aquí pulir su estilo, ganando en profundidad y variantes pero sin necesidad de diluir su sonido o privarlo de fuerza. Y, ciertamente, la combinación de taladrantes bases Drum N’ Bass con guitarras duras y cascadas de samples corrosivos es una idea ganadora. Por supuesto, el grupo se disolvió un año después de la edición de este álbum sin alcanzar nunca el éxito comercial pretendido y quedando en el medio de dos escenas similares pero diferentes. Sea como sea, “Interference” se mantiene en la historia como un disco intenso y creativo y que, de paso, logró llevar a cabo de forma impecable una combinación de sonidos que puede parecer obvia pero pocos se atrevieron a experimentar.


-Redención 911 “97-01” (2001)
Que Chile es un país que cuenta con un mercado más amigable para las propuestas más extremas del Rock (sea Metal, Hardcore, Stoner o lo que fuera) que Argentina no es ninguna novedad. Lo curiosos es que, a pesar de ello, no surjan del país vecino tantas propuestas interesantes como uno podría esperar. Tenemos el Doom/Sludge de Electrozombies, a fines de los noventas estaba el Noise-Core enfermizo y genial de Donfango y poco más hay para destacar. Activos entre 1997 y 2001, Redención 911 (un nombre casi profético) puede sumarse a la lista en lo que hace a intensidad y buenas ideas. El terreno del cuarteto es, en líneas generales, el Hardcore pero de ninguna manera se trata de material genérico. En estos dieciséis temas hay mucho para masticar. Certeros estallidos a toda velocidad y gritados con las venas de la garganta a punto de estallar, pasajes de calma introspectiva, fugaces flirteos con el Jazz, el Noise, el Sludge y la Electrónica, letras netamente políticas (y bastante logradas), melodías emotivas, ritmos variados y un excelso trabajo de guitarra que no se priva de aglutinar en sí mismo las más diversas variantes del Hardcore en general. Se nota que los tipos absorbieron con absoluta naturalidad la historia del género y devuelven su propia interpretación, yendo de los más duros machaques casi metaleros (típicos de los noventas) hasta las más sentidas y elaboradas melodías nacidas en Washington D.C., sin olvidar la furia primigenia y salvaje de principios de los ochentas (por momentos, hasta rozan el Crust) ni ciertas tangentes cubiertas de un exotismo disonante y más difícil de categorizar. Con decir que citaban entre sus influencias a grupos como Minor Threat, His Hero Is Gone, Born Against y Fugazi, ya debería bastar para que los entendidos se hagan una buena idea de por dónde vienen los tiros. El tono general del disco mantiene (a pesar de que se trata de un recopilatorio de todo su material grabado durante su existencia) un altísimo nivel de energía y pasión, tal como el género lo exige, pero sin por ello descuidar la imaginación, el vuelo musical y la inteligencia. De más está aclarar que perderse este discazo por meras cuestiones xenofóbicas, dignas de la más necia de las ignorancias, sería una absoluta estupidez. Si están libres de ese mal, no se priven de una de las obras más personales y destacadas de la historia del Hardcore.


-AC4 “AC4” (2009)
Ok, AC4 cuenta con Dennis Lyxzén (ex Refused, actualmente en The (international) Noise Conspiracy) en voz y David Sandström (también ex Refused) en el bajo. A ellos se le suman el guitarrista Karl Backman y el baterista Jens Nordén, pero a nadie le importa eso, ¿verdad? Sí, me imagino las caras de todo ustedes esperando el retorno triunfal de Refused. Me la imagino porque es la misma cara que puse yo al enterarme de la existencia de AC4. Bien, olvídense de eso, nuestros muchachos no están dispuestos a manchar el impecable legado de su ex banda. Y, por más doloroso que sea, eso está muy bien. AC4 es casi un divertimento, una buena excusa para rememorar viejas glorias del Hardcore/Punk y sacudirse como si todavía tuviéramos quince años. Insisto, no esperen encontrar aquí ninguna de las tangentes experimentales de las que hacía gala Refused, esto es energía en bruto, velocidad, riffs simples, canciones básicas, palo y a la bolsa. Ni siquiera hay lugar para riffs metaleros ni ritmos machacones y hasta la voz de Lyxzén no llega a sonar tan chillona como en su anterior grupo. Esto es Hardcore del viejo, siguiendo la estela de Minor Threat, Black Flag, Negative Approach, 7 Seconds, Bad Brains, el primer Agnostic Front y demás luminarias de los ochentas. Nada nuevo, claro, salvo por el sonido claro, potente y actual logrado por el cuarteto. Algunos se preguntarán qué sentido tiene un trabajo de esta índole a esta altura y quisiera encontrar una buena respuesta pero esta energía salvaje y desatada no me deja pensar. ¿Qué estas quince canciones suenan a otras que ya escuchamos antes? Por supuesto que sí y, sin embargo, la pasión se mantiene intacta, su fuerza resulta tan arrasadora como refrescante y lo que pueda faltar en ideas propias les sobra en pelotas, contundencia y buenas canciones. Ok, lo admito, esto es material descartable para cualquiera que no sienta un cariño especial por el viejo y querido Hardcore, pero eso no tiene por qué ser algo malo. O tal vez sí, pero no seré yo quien se queje ante semejante despliegue de contagiosa adrenalina.


-Blacklisted “No one deserves to be here more than me” (2009)
A poco más de un año del maravilloso “Heavier than heaven, lonelier than god”, los muchachos de Philadelphia ya nos entregan nuevo material discográfico. Sin promoción previa, casi de improviso llega este monumental “No one deserves to be here more tan me” y no queda otra que darle la bienvenida como el mejor disco Hardcore del año, aún cuando es probable que los más puristas ni siquiera lo consideren dentro del género. Dicen las malas lenguas que el principal combustible para la creación de este álbum fue el reciente divorcio de su vocalista George Hirsch, lo cual explicaría entonces la urgencia del mismo a la hora de plasmar sus emociones. De ninguna manera piensen que se trata de material a medio cocinar o, peor aún, que Blacklisted sucumbió ante la tentación de hacer un disco Emo. Si el mencionado trabajo anterior ya mostraba al quinteto expandiendo su paleta sonora sin por ello perder ni un ápice de potencia y rabia Hardcore, aquí la cosa se eleva a niveles inconmensurables de imaginación e intensidad. No se trata sólo de la incorporación de instrumentos poco tradicionales (violines, trompetas, percusiones, voces femeninas), ni siquiera de esos interludios instrumentales en clave de Noise-Rock deforme, si no de un grupo alcanzando una identidad única y abriendo nuevos caminos para lo que se supone que sea el Hardcore en la actualidad. El groove contagioso y monolítico, la voz en llamas, los machaques circulares, los coros surrealistas, las desoladoras melodías de violín y los punzantes punteos que abren la placa en “Our apartment is always empty”, el brutal medio tiempo de “Everything in my life is for sale” (con unos riffs carnosos y movedizos y más punteos geniales), la mecánica densidad cubierta de óxido y feedback de “J.M.N.”, el ritmo cadencioso y casi Grunge del tema que da título al disco con sus guitarras ardiendo entre riffs y acoples, esa trompeta dibujando pinturas musicales sobre un fondo de puro ruido en “G.E.H.”, las crudas guitarras acústicas, las sufridas melodías y la absoluta desazón de “The P.I.G. (Problem Is G.)”, esa suerte de hipnótica marcha fúnebre cargada de (más) acoples, fantasmales guitarras, evocadores coros y gritos pelados que es “I'm trying to disappear”, la rabia desatada y rockera de “Palisade” (casi como una versión Hardcore de los momentos más salvajes de “Bleach” de Nirvana), los riffs espiralados, los aplastantes machaques y las ocasionales disonancias de “Skeletons”, los hermosos arpegios, las cuidadas texturas, las idas y venidas dinámicas y la conmovedora melodía de “I am extraordinary” y las tenues y lejanas melodías que cierran el disco entre sonidos desencajados en “S.M.F.” dejan en claro que Blacklisted se ha ganado su lugar en el podio del Hardcore a fuerza de excelentes ideas y una visceralidad soberbia. Hirsch incorpora modismos más melodiosos en su repertorio vocal pero aún así mantiene su garganta al rojo vivo, logrando así el extraño efecto de gritar y cantar al mismo tiempo. Por el lado instrumental, se nota que los muchachos estuvieron desempolvando sus discos de Nirvana, Tar, Sonic Youth y demás glorias del Rock de los noventas (bueno, esas bandas surgieron en los ochentas, pero se entiende a lo que voy) y supieron adaptar dichas influencias a su típica rudeza Hardcore, dando a luz un resultado absolutamente original y refrescante. En fin, las palabras se me quedan cortas para describir la magnitud de esta obra. ¿Dije mejor disco Hardcore del año? Sería más atinado decir candidato a disco del año a secas.

-Blind To Faith “The seven fat years are over” (2009)
Sin duda alguna, una de las bandas más reivindicadas de este actual revival del Hardcore de los noventas (y sí, si dicho revival está llegando a todas las corrientes rockeras, el mundo de las bermudas, los tatuajes y los brazos en x no iba a ser la excepción) es Integrity. Y con razón. Su particular combinación de rabia Hardcore, pesadez extrema, machaques Thrashers y visiones esotéricas/apocalípticas fue suficiente para generar un universo propio dentro del género, tanto en lo musical como en lo estético. Editados, justamente, por Holy Terror (el sello regentado por los mismos Integrity, donde también hallamos destacados exponentes de ese sonido como Pale Creation, Vegas, Rot In Hell, Gehenna o Ringworm), oriundos de Bélgica y conformados por miembros de grupos como Amen-Ra, Reproach y Rise And Fall, Blind To Faith no escapa del todo a la influencia de los liderados por el enigmático Dwid Hellion. Efectivamente, la violencia desatada, los riffs machacantes, las voces quebradas y esa asfixiante sensación de oscuridad que tiñen estas ocho canciones pueden remitir inevitablemente a las enseñanzas de Integrity. Pero eso no es todo. Sumen un sonido grave y embarrado (en algún lugar entre el Death Metal sueco de la vieja escuela, el Crust y el Sludge), ciertos flirteos con el Grindcore más crudo, algo de groove Death N’ Rollero, toques de hipnótica densidad entre Celtic Frost y Cathedral y hasta alguna que otra guitarra disonante que no hubiera desentonado en bandas como Converge o Deadguy, y tendrán como resultado los afiebrados diecisiete minutos que componen este debut discográfico del grupo. El sonido maneja un equilibrio casi perfecto entre crudeza y contundencia, resultando envolvente y arrasador sin necesidad de apelar a un gran despliegue de producción. Por supuesto, dentro de los seguidores de Integrity, todavía les falta para alcanzar a alumnos más aventajados como Pulling Teeth o Shipwreck A.D., pero, como primer paso, este rabioso “The seven fat years are over” resulta más que promisorio.


-Dead City “Goddamn the 21st century” (2009)
Evidentemente todo este rescate de la década pasada le está sentando más que bien al Hardcore actual. No sé si los años de hegemonía del así llamado Metalcore (y me refiero a bandas como Killswitch Engage, Shadows Fall o God Forbid) han hecho que muchos grupos jóvenes se metan en lugares más oscuros en su búsqueda de inspiración o si, simplemente, se trata de otro de esos ciclos inevitables por los que nos lleva la gran rueda rockera pero, sea como sea, bienvenidos sean estos resultados. Dead City es un quinteto oriundo de Memphis, Tennessee y, con este álbum debut, ya se plantan como una de las propuestas más intensas e interesantes del Hardcore actual. Por supuesto, a la legua se nota que estos tipos mamaron mucho del mejor Hardcore metalizado de la década pasada pero también se hace evidente la voluntad de crear un camino propio antes que simplemente repetir los logros de antaño. Aquí tenemos algo de los machaques gordos y mosheros de Earth Crisis o Strife, las espesas texturas narcóticas de Bloodlet, la densidad asfixiante y catártica de Will Haven, la imaginación violenta y oscura de Unbroken, las visiones entrópicas de Integrity, la tensión enfermiza de Deadguy, la inteligencia riffera de Snapcase y el groove aplastante de Dismebodied, pero en ningún momento suena a copia exacta de ninguno de esos grupos. De hecho, hay más elementos escondidos en la propuesta de Dead City. Solos de guitarra bien colocados (algunos me recuerdan a lo hecho por Bill Steer en Carcass), una especial atención al sonido y las texturas (hay pasajes donde el trabajo de las seis cuerdas alcanza una profundidad casi psicodélica, ya sea con cristalinos punteos casi Post-Rockeros como con cascadas de puro feedback), variantes rítmicas (aceleradas bien Hardcoreras, rebajes casi dumbetas, ritmos trabados, breakdowns saltarines, taquicárdicas cabalgatas metaleras, construcciones dinámicas a la Neurosis) y hasta ciertos toques de melodía entre emotiva y monolítica con los que demuestran su amor por los gordos de Crowbar. Claro, si decimos que esto es algo así como una reinvención del Metalcore de los noventas con un mayor énfasis en la soltura y el nervio netamente rockeros no estaríamos tan mal rumbeados y hasta podríamos asociarlos con bandas como The Hope Conspiracy o Modern Life Is War. Y, sin embargo, el resultado final es mucho más oscuro y opresivo, perdiendo tal vez algún que otro punto de frescura pero compensándolo con una inquebrantable mala onda. Ok, todavía les falta para alcanzar el nivel soberbio de sus referentes pero, si logran desarrollar sus propias ideas (que las tienen) sin quedar atrapados en el revival, pueden llegar a darnos una más que grata sorpresa.


-Grant Hart “Hot wax” (2009)
Mucho menos prolífico y más problemático que su ex compañero Bob Mould, Grant Hart (la otra mitad creativa de los legendarios Hüsker Dü) se ha tomado su buen tiempo entre disco y disco. Diez años desde el anterior “Good news for modern man”, para ser más precisos. Ya desde los lejanos tiempos de Hüsker Dü las diferencias compositivas de ambos se veían claramente, mientras Mould optaba por las canciones más crudas y urgentes, Hart ponía la cuota de delicadeza, elegancia y vuelo psicodélico. Y, si Mould fue puliendo su propia fórmula a través de los años (ya sea en Sugar o en sus trabajos solistas), Hart no se quedó atrás, al menos en términos de calidad, ya que no de cantidad. “Hot wax” nos entrega nueve canciones donde la impronta del ex baterista está siempre presente, con su nasal y sentida voz al frente y ese instinto inigualable para concebir perfectas mini-sinfonías de Pop-Rock tan refrescante como soñador. No falta el empuje Punky de siempre, las guitarras distorsionadas y las bases potentes pero tampoco los sonidos acústicos, los pianos, las cuerdas, el obsesivo trabajo de texturas y arreglos y los pasajes de elevación psicodélica, todo puesto al servicio de las canciones y no como mero truco para jugar a ser sofisticado. A primera vista puede resultar curioso que Hart se haya rodeado de músicos pertenecientes a Godspeed You! Black Emperor y A Silver Mt. Zion para grabar este disco, pero al apreciar la profundidad instrumental y emocional y el gancho certero de las canciones queda más que claro que fue él el que guío a los músicos y no al revés. O sea, no teman, aquí no hay Post-Rock ni Música de Cámara en formato rockero. Insisto, aquí hay canciones. Melódicas, rockeras, emotivas (y con esto me refiero a una amplia gama de emociones, no sólo angustia y frustración), atrapantes e imaginativas, concebidas con un alto grado de atención al detalle pero manteniendo siempre un calor apremiante. Por supuesto, el buen Grant nunca intentó ocultar su amor por David Bowie y los Beatles y eso se hace patente aquí una vez más sin por ello hacer la más mínima mella en su inimitable personalidad musical. En fin, no hay muchos músicos que resulten reconocibles a la primera escucha y muchos menos que, cargando sobre sus hombros con el peso de una auténtica leyenda como Hüsker Dü, mantengan viva la llama creativa, plantados en sus convicciones artísticas pero sin por ello descuidar su propia evolución. Pero no se guíen por mis palabras ni por los pergaminos exhibidos, déjense atrapar por estas magníficas canciones y descubran por su cuenta a uno de los talentos compositivos más destacados de la historia del Rock Americano en general.

-Late Night Condition “Give & take” (2009)
Nuestro país no es un gran caldo de cultivo para el Emo. Claro, si nos guiamos por lo que Chiche Gelblung o los noticieros en general retratan como Emo, probablemente eso sea una buena noticia. En ese contexto, no creo que ni siquiera los muchachos de Late Night Condition quieran ser asociados con semejante palabrita. Más allá de prejuicios y rótulos sin sentido, la propuesta de este cuarteto porteño se mueve claramente por los carriles de aquello que, en la década pasada, conocíamos como Emo-Punk. Canciones simples, riffs distorsionados, arreglos dramáticos, melodías vocales sensibles y gancheras y atmósferas de agobio emocional que nunca llegan a la exageración o el histrionismo desmedido. Las referencias son claras, podríamos mencionar a bandas como The Promise Ring, Samiam (a quienes telonearon recientemente), Jimmy Eat World, The Get Up Kids o Chamberlain pero también a glorias del Rock noventero como Superchunk, Foo Fighters o el primer Weezer. Desde ya, no se trata de material innovador ni pretende serlo. La atención del grupo está puesta en lograr canciones redondas, con un buen manejo de la dinámica, interpretaciones destacadas (en especial en el terreno vocal, el eterno punto flojo de la mayoría de las bandas nacionales) y una innegable calidad melódica. Claro, a las nuevas generaciones, acostumbradas a la pompa teatral y maquillada de grupos como My Chemical Romance, esto puede resultarles demasiado austero o maduro y aquellos que hayan crecido rodeados por los sonidos de las bandas antes mencionadas podrán ser asaltados por una cierta sensación de dèjá-vu. De todas formas, Late Night Condition logra eludir la mimetización con sus referentes musicales a fuerza de composiciones cuidadas, arreglos certeros y una sobriedad que evita que el despliegue de emoción se vaya por terrenos poco elegantes. En fin, si dejáramos de lado la palabra Emo, estaríamos hablando de Rock potente, melódico y con un alto octanaje emocional, ni más ni menos. Mi consejo es, entonces, despojarse de prejuicios infundados y disfrutar sin culpas de estas once canciones que no tienen desperdicio.

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